Río Gallegos, 17 de Jul. (ANA) - En la edición impresa del diario porteño
La enviada especial del matutino, Alejandra Rey señala que Don Guerrero “impone respeto por sus profundas creencias y su lenguaje directo, el del gaucho patagónico”
En la sección de Información General y con el título “Historias con nombre y apellido”, la nota comienza:"Vos, a partir de ahora, sos un bulto." La frase no lo sorprendió, ni cosquillas le hizo. A sus 11 años, Mario Guerrero ya era un veterano en el oficio de sobrevivir en las calles argentinas, comiendo sobras de las pulperías más mentadas y esquivando los facones de gauchos mal entrazados en los campos helados de Salto, en Buenos Aires.
Y ahora la fortuna le tocaba el codo: le ofrecían la maravillosa oportunidad de ser un bulto. Entonces entró despacito en el baúl con agujeros para poder respirar, se encogió todo lo que pudo y ahí nomás dejó que lo metieran en el tren.
Pocos días después amaneció en Bolivia o en Perú, no recuerda bien, y el patrón lo hizo salir del baúl y en su lugar metió carreteles de hilo para hacer redes de pesca, telas, levadura, relojes, prendas, todos productos de contrabando, bultos que reemplazaban a otro bulto, él.
Y todo lo hizo por la comida y el abrigo, porque andar por la calle a los 10 o 12 años, en 1927 o 1929 ("no me acuerdo, vea"), era cosa de machos. El campo amanecía helado de escarcha, blanco todo como un altar de novia, y en esa época del siglo pasado sólo la grapa calentaba el alma y Mario Guerrero todavía era un chiquito, quién sabe de cuántos años, para desayunar tan bravo.
Porque jura don Mario que no sabe cuándo nació, pero sí donde: una aldea cercana a Puerto Montt, Chile. Dice que llegó al país en 1927 y que le parece que tenía cinco años, pero Isabel, su mujer, que alimenta la salamandra atada con alambres, dice: "Este tiene como 90 años, tiene".
Mario Guerrero vive en uno de los más bellos rincones del mundo, Los Antiguos, sobre la costa del lago Buenos Aires, en Santa Cruz, con la cordillera de Los Andes por donde la vista se pierde.
Guerrero tiene una chacra, donde crecen más de mil árboles de cerezas que se exportan al mundo y se degustan en mesas, cuyos comensales no saben nada de este hombre pequeño, desdentado, de hablar pausado y casi secreto, que luce una camisa y una bombacha campera, mientras el frío nos atrofia las neuronas, que guarda el dinero en la tierra (en algún lugar de las
Una suerte que le fue fiel, como una esposa, y maldita, como una amante herida. En 1991 la despechada fue una pira encendida dentro del volcán Hudson, que echó lava, gases, oro y millones de metros cúbicos de cenizas que olían a infierno.
El e Isabel trataron de salvar algunas de las 180 ovejas que tenían, las limpiaban cada vez que las veían cerca, pero los animales iban cayendo agotados por el peso de la ceniza en sus lomos, quemados, con la lana chamuscada y murieron todos. "Tenía que verlas, señora, se me morían mis ovejitas -dice Mario-. El 13 de agosto de 1991, cuando reventó el volcán, era el mediodía y se hizo de noche. Había relámpagos y truenos. Daba miedo verlo -acota Isabel-. Nos vinieron a buscar para llevarnos lejos del pueblo, pero minga que me iba a ir -es Mario el que habla ahora-, había que quedarse acá, a luchar, yo ni la protección (el barbijo) me puse y se lo comenté al paisanaje."
La tragedia duró cuatro meses. Después del volcán vino la sequía, el dinero escaseaba, no había comida y de las 180 ovejas no quedaba ni la lana. Un paisaje de miseria y desazón se abatió sobre la zona. Hasta que llovió.
Guerrero recuerda ese momento como un milagro, porque el agua limpió todo, lo barrió mejor que las palas municipales que acarreaban cenizas día y noche. "Es que yo tenía experiencia -dice don Mario mirando a Edmond H., que nos presentó al paisano-. Si usté mira bien a los volcanes, sabe cuándo va a cambiar el tiempo y cuándo va a reventar. Si está por venir mal tiempo, al volcancito que está en la estancia de los Méndez -le habla al adorable Edmond H.- se le posa una nube, como un sombrerito en la punta. Y con el Ventisquero (así le llaman al Hudson en la zona) pasó lo mismo: los animales estaban locos y de pronto empezaron a caer unas chispas grandes."
Hablar con Mario Guerrero es difícil pero tranquilizador. Difícil, porque su lenguaje es el del gaucho patagónico, silencioso e incomprensible; tranquilizador, porque uno tiene la sensación de que nada malo puede pasarle si él está cerca: nos cuida.
Como cuida a Isabel. Como cuida la tierra que arrasó el Hudson. Tanto la cuidó, que a pesar de la ceniza y de haberse quedado más solo que uno en esa tierra quemada y arrasada, él e Isabel plantaron hortalizas entre las cenizas mezcladas con tierra y las remolachas vinieron más grandes, la lechuga parecía un ramo de rosas y las zanahorias "eran más largas, eran. Nosotros, acá, tomábamos el agua con ceniza, y míreme señora, lo sano que estoy".
Envidia. Eso es lo que da don Mario. Tiene 90 años y corre por su chacra como un chico. Hace chistes y siempre hay un correntino como protagonista. Ceba unos mates amargos y reparadores, cuenta que el gobierno no los ayudó y que se quedaron porque "la tierra no se abandona, doña, eso nunca".
-¿Ustedes reclamaron el pago?
-Noooo, pero vino un funcionario público a preguntarnos si teníamos algún cuerito de las ovejitas muertas para demostrar que nos había ido mal.
¿Cómo hicieron para salir adelante?
-Trabajando. Salí a hacer changas, porque uno que ha pasado hambre sabe bien lo que es trabajar, no como los empleados de acá, todos en la municipalidad. Teníamos algo de arroz, polenta y fideos porque por el invierno acaparábamos y así fuimos saliendo, nomá.
Don Mario dice que de día cortaba leña hasta tener el dinero suficiente como para comprar terneros y lo que sacaba de ahí lo usaba para comprar dólares y, si no, iba a las carreras de caballos y algo apostaba, mientras el viento y la lluvia limpiaban Los Antiguos de las malditas cenizas. Después probó con la alfalfa, compró unos bueyes para arar la tierra, comenzó a cambiar papas que cosechaba Isabel por chapas para el galponcito, hasta que se le ocurrió que las cerezas eran una buena salida. Y compró un lote de plantas que dieron sus frutos, y después otras y otras, y las
"Yo iba al pueblo a ver la voluntad de la gente, porque cuando se va al pueblo hay que saber para qué", dice, enigmático, este hombre breve que sabe de memoria el Martín Fierro , su piedra filosofal.
Y
La frase es enorme en ese ambiente y el silencio cae como un hachazo entre los comensales. Don Mario tiene una barba larga y blanca, y habla como un profeta. Nos impone respeto por sus creencias y su llanto, pero se repone para contar que las cerezas son hermosas y que espera con urgencia la nieve para que los frutos sean mejores.
Porque don Mario, a falta de libros, además de
Guerrero trabaja con la cooperativa del pueblo y exporta los frutos de su campo. No tiene ningún lujo en la chacra, él mismo hizo el entramado de ramas que separan los corrales, muestra con orgullo la enfardadora y cuenta, casi de despedida, que cuando llegó a Los Antiguos en 1951, cuando el lago "era un mar", vivían poquísimas personas, "muchos italianos, que eran contrabandistas".
Y casi en secreto dice: "Yo llegué acá para sacarme el documento y no me acordaba ni la edad que tenía ni el año en que había nacido, porque mi mamá me abandonó. Pero no me importa. Ya está", dice, y estrecha la mano para saludar.
Es probable que nunca más veamos a Mario Guerrero y todos los sabemos. Pero ninguno olvidará los ojos chiquitos que nos bendicen al partir.
MARIO GUERRERO
Agricultor
Quién es : nació cerca de Puerto Montt, Chile, pero no sabe en qué año y cree que llegó a los 90 años. Está casado con Isabel.
Qué hizo: en 1991 las cenizas del volcán Hudson, a
Qué hace: actualmente tiene

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